El final es importante en y para todas las cosas. Es justamente una conclusión lo necesario para un nuevo inicio. Y Miguel había terminado otro trabajo. Sus obras, desde su última – y primera- exposición, habían adquirido el valor necesario para otorgarle un cómodo relax económico. Aquella noche, el viejo museo se llenó de curiosas pupilas – entre las cuales se destacaban algunas de las más reconocidas a nivel alternativo y también las fastidiosas elitistas-, que recorrían los coloridos pasillos en busca de inspiración para el próximo comentario. El siguiente amanecer se asomó reconfortante y él descubrió variados artículos en distintos periódicos endulzando su trabajo.
Esta vez había utilizado unos matices grises, que le daban vida a su pintura a través de la muerte. Una incongruencia magnífica, había leído Miguel en un diario vespertino.
En ese momento, su divino letargo –en la contemplación de la obra finalizada y su respectiva satisfacción- se vio interrumpido por varios golpes a su puerta. Dirigió su vista hacia la entrada y, a continuación, realizó lo mismo con su delgada humanidad, muy a su pesar. Encontró detrás de la puerta a Virginia, la hija de su vecina, la Señora Norma. La joven no dejaba de ser bella a pesar de su rostro inusualmente pálido y sus lágrimas correteando sus mejillas para refugiarse en la boca. Él descubrió en su rostro un gesto de horror que deformaba su nariz. Sus ojos, aún húmedos, no perdían tiempo pestañeando. Su mirada, alteradísima, se dirigía al interior de la humilde habitación, más desordenada que lo habitual, pues Miguel pensaba mudarse pronto. Él, que no lograba aún decodificar la situación ni meter bocado para iniciar algún tipo de conversación, siguió la línea de la mirada de Virginia y estrelló la propia contra su fresco paño. Inmediatamente se horrorizó. Se volteó velozmente para disculparse en nombre de su morbo inconsciente, pero halló el umbral vacío. Superado por la situación y enojado consigo mismo, cerró la puerta. Cayó al piso lentamente, deslizando su espalda por la puerta mientras volvía a contemplar el cuadro: ¿Cómo demonios se le había ocurrido dibujar a la señora Norma renunciada a la vida, en su vieja mecedora de mimbre? Y así, entre pensamientos y lágrimas, se durmió sólo unos minutos.
Cuando despertó, aún llovía furiosamente. Comprendió que su locura por el misterio de la muerte había ido demasiado lejos y alcanzado un sitio inapropiado, pues la perturbación ya no era personal. Salió al pasillo y golpeó la puerta más próxima. Al no obtener respuesta, llamó a Norma con su voz varias veces, hasta que probó abrir el pórtico. Éste no otorgó ninguna dificultad más que dejar expuestos todos sus sentidos a una tétrica imagen: exactamente la misma que había retratado unas horas atrás. Norma yacía en su mecedora. Sus ojos, rebeldes, no habían querido cerrarse todavía. Sus brazos sobresalían el límite de su asiento y apuntaban al suelo. No pudo hacer otra cosa que retroceder un paso instintivamente y profirió un grito cuando vislumbró una figura corriendo hacia él. Se calmó al identificar a Luis, el portero, quien le comentaba algo.
-¿Trágico, no? Yo todavía no lo puedo creer… Fíjese, Miguel, que hoy mismo, a la mañanita, estuve hablando con ella y la vi fenómeno- hablaba del asunto como si relatara un partido, y miguel creyó ver, en algún momento, una de esas miradas de asombro y una curva en sus labios; como si por fin hubiese sucedido algo que despierte su vida vegetal-. Pero bué, son las reglas de la vida, ¿no cree? Virginia está en la vereda esperando a la ambulancia, ¿Viene?.... ¿Me escucha, Miguel?.... ¡Espere! ¿Adónde va?.. ¡Eh, Miguel!...
Pero ya estaba encerrado en su habitación. Tomó su pincel, una nueva tela y se dejó llevar, tal como lo hiciera en su anterior tarea. Estaba enojado, o quizás sorprendido, casi perplejo, o aturdido, no sabía, pero algo no estaba bien. No sabía qué dibujaba, pero movía sus manos como interpretando imágenes que se aparecían a modo de flashes fotográficos por su mente y lo cegaban.
Otro fin; una nueva obra había culminado. Cuando reparó en su trabajo, perdió las fuerzas, enmudeció, su rostro se tornó palidó, sudó, lloró y cayó finalmente al suelo, para quedar exactamente en la misma posición en que se acababa de retratar.
El Fin (el último)
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